martes, junio 12, 2018

Autobiografía (I)

Siempre que veo el estuche de un reloj antiguo me acuerdo de mi padre (1915-1992), que guardaba el de un Omega de oro que estimaba mucho y que luego llevó puesto mi madre (1923-2016) hasta sus últimos años. Son como pequeños féretros de un lujo doméstico, con el interior acolchado y de limpio y blanco raso, que no sé por qué guardo; como si quisiese enfrascar el tiempo con ese reloj parado que yace ahí desde hace años. Lo bueno es que algunas de esas cajas están vacías. He hurgado hoy en el nicho en que guardo esos desechos, que es un cajón que contiene también un par de tarjeteros con un montón de tarjetas de visita. Tienen, la verdad, algo de funesto por el negro del escay y el dorado de sus letras y esquinas, como si esos tarjeteros estuviesen pensados para las últimas voluntades. Tienen ambos —solo tengo dos— veinte fundas cada uno de ellos y en cada una hay cuatro bolsitas que pueden contener dos tarjetas visibles, y como hay otras tarjetas sueltas y hay más de dos en cada receptáculo, creo que tengo a la vista doscientas y pico de tarjetas, varios papelitos con notas y el boletín de la inyección del tétanos de diciembre de 1996 que solo repetí en dos ocasiones más —hasta septiembre de 1997— y no cumplí, como era preceptivo, diez años después. Por fortuna, vivo sin secuelas de aquello. Se ve en la imagen el pasquín que me dieron en el hospital después de ponerme Anaxotal junto a la tarjeta de Miguel Murillo cuando era director de la Editora Regional de Extremadura (1993-1995). Tengo ahora presente uno de los poemas visuales de Antonio Gómez; el que cerró su libro De acá para allá (León, 2007), compuesto por veintiuna tarjetas personales, desde las bancarias o las sanitarias hasta las solidarias. Las mías son de otros: hay una de una empresa de diseño de muebles auxiliares de hierro al lado de la de un restaurante de Cáceres que ya no existe; hay otra de una carpintería del polígono de la Charca Musia frente a una de la casa que me puso las primeras persianas de esta casa. Tengo la tarjeta del director de un Máster de Edición de la Universidad de Salamanca, otra del director gerente de los Transportes Urbanos de Mérida, otra del jefe técnico de Canon en Cáceres, otra del que fue jefe de prensa y protocolo del Ayuntamiento del Real Sitio y Villa de Aranjuez, al lado de las de escritores como Rafael Courtoisie, Luis Javier Moreno (1945-2015), Antonio Onetti, Olvido García Valdés y Miguel Casado. Tengo también una tarjeta del Consejero Cultural de la Embajada de Egipto, el profesor Soliman El Altar, que lamento no recordar cómo ha llegado hasta aquí. Sí me acuerdo de Manuel Rodríguez Cancho con su tarjeta de la oficina de la candidatura de Cáceres 2016 cuando acepté colaborar en el proyecto antes de que se fuese al traste y de todas esas empresas aquí representadas de clima para el hogar, montaje de armarios, instalación de suelos que representan, cada una a su modo, la época en que dispuse el espacio en el que ahora vivo. No sé por cuánto tiempo, como dijo el otro.

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