domingo, febrero 07, 2010

El método de la palabra

Anoche, a la salida del Gran Teatro, alguien dijo que menos mal que la obra había durado una hora y pocos minutos. Nego. A mí se me hizo corta. No es que quiera que un texto así se prolongue hasta las dos horas de función, pues por algo dura lo dura; pero se me hizo corta y defiendo la excelencia de un teatro como éste, sostenido en la palabra y en los actores, para todos los públicos. La vida y la muerte, la Iglesia y el Estado, jansenistas y jesuitas, la razón y la fe, la ciencia y la existencia. Para todos los públicos.
El encuentro de Descartes con Pascal joven, de Jean-Claude Brisville, dirigida por Josep Maria Flotats, e interpretada por éste (Descartes) y por Albert Triola (Pascal) es una lección. Inevitablemente, y está en el argumento, hay una desigualdad, un desequilibrio en la estatura de los dos intérpretes, como la hubo en el imaginado encuentro dialéctico entre el filósofo de racionalista madurez y el joven atormentado e inestable que se mortifica por su ignorancia. El público simpatiza con el autor del Discurso del método, que se permite sus humoradas brillantes, que es la voz de la experiencia y que conoce y ve lo que el otro oculta.
Con unos recursos muy elementales —no hay efectos sonoros, y la iluminación de Albert Faura es de la sobriedad de una vela, el cronómetro del encuentro—, los dos actores dicen —luego existen— un texto que llega al público sin ser cargante ni impostado, sabiamente traído por Mauro Armiño —salvo un "en este sentido"— que desemboca en la posibilidad de difundir de un manuscrito a un impreso la inteligencia más alta de la Europa del siglo XVII.

1 comentario:

jj cortes dijo...

Pero, ¿por qué van al teatro esos que tienen tanta premura en que se acabe una obra? Yo, en cambio tuve una prisa desde el comienzo para que finalizaran las toses, las entradas después del comienzo de bastante gente impuntual, el movimiento inquieto en los asientos de un cierto público que no estaba disfrutando como nosotros. El acto, en sí, fue un gozo, un deleite en la profunda sencillez del montaje, y así sin adorno fluyó más puramente ese arte del teatro con mayúsculas.