«—Este chaval es sobrino de Concha. Estamos muy contentos, claro» —me escribió mi amigo Fulgencio en un mensaje de mediados del pasado septiembre. Me enviaba la noticia del diario Hoy firmada por M[aría]. Fernández: «El escritor extremeño Francisco Serrano gana el Premio Tusquets 2025», que precisaba el lugar —Guareña— y el año de nacimiento —1982— del escritor, y me anunciaba que la novela estaría en las librerías el 8 de octubre. «Es, fundamentalmente, extremeño y sentimental», se lee de Francisco Serrano en la solapa de El corazón revolucionario del mundo (Barcelona, Tusquets Editores. Col. Andanzas, 100), 2025, 225 págs.), que compré en cuanto estuvo disponible en librerías y terminé de leer ya en noviembre. Y puedo decir que tan altas expectativas —un premio Tusquets de Guareña y sobrino de Concha— quedaron cumplidas, pues me parece muy buena novela, muy inteligente como propuesta narrativa, que demuestra que su autor tiene una postura muy clara con respecto al texto literario, desde el que todo parte para que todo funcione. La elección de la materia de la narración, el montaje del relato o el desarrollo psicológico del personaje femenino son elementos que están muy bien combinados y que confluyen en la idea principal que quiere proponerse al lector. El primer capítulo es magnífico, una muestra de cómo se pueden sugerir en un espacio reducido las claves interpretativas de toda la novela. Por un lado, las que atienden a las tres figuras principales —Valeria Letelier, Carlos Reseda y Joel Takahashi-Williams—, de una de las cuales —la de ella— parte la comparación con «una cosmonauta entrando en la atmósfera de un planeta desconocido» (pág. 22) que va a mantenerse durante toda la obra. Por otro, la sugestión, en las últimas líneas de ese capítulo, sobre los límites entre lo real y lo imaginado a través de una luz que parece envolverlo todo en «una bruma fría» (pág. 22), que son las tres palabras finales de ese trozo. La historia de estos tres personajes que pertenecen al Frente de Acción Revolucionaria (FAR), una organización terrorista anticapitalista que se extiende por toda Europa, el norte de África, Oriente Medio, Estados Unidos y Japón, se monta sobre una estructura de diecinueve capítulos, todos titulados con un texto extraído del contenido de esos trozos, representativo de una incidencia argumental o de una sensación, de un personaje...; así «Vuelve un espectro» (2), «Los alemanes» (5) o «Todas las de perder» (14). Algunos de ellos, por su brevedad, son descansos meditativos o metafóricos, piezas de señalización para el lector, sobre todo, de la evolución de la psicología de los personajes, entre los que —insisto— es el de la mujer identificada como Valeria Letelier el principal. A su vez, cada uno de esos capítulos se divide en otras unidades textuales marcadas como párrafos por el interlineado y que obedecen a cambios temporales, de foco, avances del relato, etc. La construcción artística de El corazón revolucionario del mundo acompaña sin alardes el desarrollo de una acción que mantiene el interés hasta el final, con el capítulo titulado «El mundo es un árbol»; pero hay muchos más aspectos que la hacen recomendable, aunque no voy a extenderme en ellos. Solo añadiré que fue tan neta la impresión que su lectura me causó de estar ante un escritor de especial entidad que me hice con otros de sus textos, y leí Hajira (Madrid, Episkaia, 2018), una novelita breve un punto distópica —descuidadamente editada por sus demasiadas erratas y con una solapa sobre Serrano que concluye: «Por lo demás, con frecuencia olvida peinarse»— que parece adelantar algo de la pedagogía de la violencia de Un corazón..., y todo un wéstern, En la costa desaparecida (Madrid, Episkaia, 2020), trepidante novela ambientada en 1898 en Arizona. Y puedo decir que en todas estas obras hay una mujer con pistola y un escritor como la copa de un pino.
martes, enero 06, 2026
El corazón revolucionario del mundo
Publicado por Miguel A. Lama en martes, enero 06, 2026 0 comentarios
jueves, enero 01, 2026
Año Nuevo
© Dieter Nagl (AP)
Era cosa sabida; pero dicha en un programa de gran difusión como A vivir que son dos días de la SER y por alguien tan simpático y formado como Máximo Pradera, adquiere la categoría de notición: el origen del Concierto de Año Nuevo fue una campaña de recaudación de fondos para el Partido Nazi en 1939, cuatro meses después de que Hitler invadiese Polonia. Todos los judíos que formaban parte de la Orquesta Sinfónica de Viena fueron expulsados y varios de ellos fueron asesinados en campos de concentración. La Marcha Radetzky que todo el mundo jalea con sus palmas conmemora una masacre militar de las tropas piamontesas por el ejército austriaco en 1848. Son unos antecedentes que dan más argumentos a aquellos que desdeñan esta tradición y le profesan incansable antipatía todos los primeros de año. Incluso para algunos de los partidarios podría ser motivo de cancelación. En cualquier caso, como dijo Máximo Pradera el sábado pasado, seguir disfrutando cómo suenan estos músicos es la mejor manera de olvidar ese poco edificante trasfondo histórico. El concierto de hoy ha estado lleno de novedades estupendas, desde la juventud —50 años— del director canadiense Yannick Nézet-Séguin, responsable de la Metropolitan Opera de Nueva York y de la Orquesta Metropolitana de Montreal, hasta la inclusión de varias piezas nunca interpretadas en una ocasión como esta. Aunque quizá la menos distinguida y más notoria haya sido la innovación del jovial y activo Nézet-Séguin al bajar al patio de butacas y dirigir desde allí las consabidas palmas de un público en pie que grababa con sus teléfonos móviles, para luego volver al escenario y cerrar el concierto. Franca y esperanzada felicitación de Año Nuevo con la paz como deseo ferviente y la bondad «para aceptar las diferencias y celebrarlas. La música puede unirnos a todos porque vivimos en el mismo planeta». Comedidos comentarios de Martín Llade, aunque, según él, este concierto ha hecho historia, por ser uno de los mejores en muchos años, al menos, desde 2017, cuando comenzó a retransmitirlos. Recordó, como es habitual, las conmemoraciones, entre las que están la de los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y del cuasquicentenario de la muerte de Leopoldo Alas «Clarín», y, finalmente, leyó un poema de Antonio Gamoneda: «Existían tus manos». ¡Viva Mozart!
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, enero 01, 2026 2 comentarios
miércoles, diciembre 31, 2025
Espectador de provincias
Zorrilla, en sus Recuerdos del tiempo viejo, escribió que su padre firmó 72 000 pasaportes para pasar a Madrid a ver la famosa comedia de magia de Grimaldi La pata de cabra, estrenada en febrero de 1829 —en aquel momento, estaba prohibido entrar en Madrid sin una razón justificada. Nos lo recordó un experto en el teatro decimonónico como David T. Gies en su esclarecedora edición de aquella singular comedia en la colección «Tramoya» de Bulzoni Editore en 1986. Han cambiado los tiempos; pero cada vez que acudo a la capital a ver teatro pienso en aquello, y me siento como el espectador de provincias que va a la villa y corte a completar las carencias que la cartelera de una ciudad como Cáceres tiene. (De enero a mayo de 2026, los espectáculos estrictamente teatrales del Gran Teatro público de esta ciudad no llegan a la media docena; y no hay nada que se pueda considerar de calidad contrastada). En estos días propicios para el recuento anual, he recopilado mis notas sobre algo de lo visto en los teatros capitalinos, y puedo concluir ya que echo en falta aquella época en la que aquí podíamos ver grandes producciones de la cartelera nacional, a veces, incluso antes de que fuesen estrenadas en Madrid. En marzo viajé con el único motivo de ver el montaje de Historia de una escalera dirigido por Helena Pimenta para el Teatro Español. Me gustó mucho estar en el mismo espacio, setenta y cinco años después de su estreno; y suscribí la mayor parte de los calificativos que se pueden decir sobre el espectáculo, desde imprescindible y expresivo hasta soberbio, también el gran nivel dramático, la validez artística, lo impecable de la escenografía o el destacado desempeño de los actores y las actrices; pero me salí con el runrún de una precisa idea —que comparto— publicada por Raquel Vidales unos días antes en Babelia de El País (15.03.2025, pág. 15) bajo el título de «Teatro como Dios manda»: «el teatro es un arte que sucede en presente y las aproximaciones arqueológicas no contribuyen a su supervivencia, más allá de que puedan ser correctas, contentar al público tradicional y satisfacer a estudiosos de la literatura dramática o profesores de instituto». E insisto, no veo nada reprochable desde el punto de vista artístico y de conocimiento teatral a esta Historia de una escalera de Pimenta. Eso sí, no acabé de encajar las risas del público en determinados momentos de alta intensidad dramática y de expresión sobria de mensaje sombrío y desencantado, que se atenuó al final con el texto que dijo el niño —aquel sábado lo encarnó Eneko Haren—, y que Helena Pimenta había rescatado de unas palabras que el dramaturgo publicó en Primer Acto en 1957: «Los hombres no son necesariamente víctimas pasivas de la fatalidad, sino colectivos e individuales artífices de sus venturas y desgracias. Convicción que no se opone a la tragedia, sino que la confirma. Y que, si sabemos buscarla, advertimos en los mismos creadores del género. Mas, al tiempo, convicción que abre a las mejores posibilidades humanas una indefinida perspectiva. Pese a las reiteradas y desanimadoras muestras de torpeza que nuestros semejantes nos brindan de continuo, la capacidad humana de sobreponerse a los más aciagos reveses y de vencerlos inclusive, difícilmente puede ser negada, y la tragedia misma nos ayuda a vislumbrarlo. Esta fe última late tras las dudas y los fracasos que en la escena se muestran; esa esperanza mueve a las plumas que describen las situaciones más desesperadas. Se escribe porque se espera, pese a toda duda. Pese a toda duda, creo y espero en el hombre, como espero y creo en otras cosas: en la verdad, en la belleza, en la rectitud, en la libertad. Y por eso escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogantes». Son palabras que ahora, al final de un año y en el contexto español y mundial, cobran una significación muy particular. A la semana siguiente volví a Madrid, y en esa ocasión, al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya sección Joven puso en pie un digno Don Gil de las calzar verdes. Me llamaron la atención y me gustaron las modificaciones que sobre el texto de Tirso se hicieron para aclarar al público el complicado enredo de la comedia, pero me llevé un chasco cuando comprobé que el libreto que vendían a la salida era el texto mondo y lirondo original tirsiano. Habíamos visto a la Joven Compañía Nacional en junio del año pasado, en la trigésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con un talentoso montaje de La discreta enamorada en el que nos tocó Cristina Marín-Miró como Fenisa, y esta actriz fue, precisamente, una de las destacadas de un elenco de Don Gil que resuelve muy bien una intencionada diversificación de los papeles del texto entre sus actrices y sus actores. En ese caso, se quiso dividir las tres caras de un personaje —la Juana de Don Gil de las calzas verdes— en tres intérpretes: Cristina Marín-Miró (Don Gil), Ania Hernández (doña Juana) y Cristina García (Doña Elvira y Fabia). Fue una experiencia muy grata, con el añadido de que sirvió como actividad didáctica con nuestras alumnas y nuestros alumnos de Filología Hispánica, que disfrutaron, como yo, en su papel de público de provincias. Feliz año 2026.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, diciembre 31, 2025 0 comentarios
jueves, diciembre 25, 2025
Robert Walser
Me acuerdo de Robert Walser, que murió tal día como hoy. Murió en la nieve, el día de Navidad de 1956, mientras paseaba por los alrededores del manicomio de Herisau (Suiza) en el que estaba ingresado desde hacía veintitrés años. Aunque vuelvo a su magnífica obra El paseo, y visito algunos sitios en los que se escribió sobre él —la revista Turia le dedicó en 2020 el cartapacio del número 133-134—, sigo teniendo como mejor recreación de la figura de Robert Walser la novela Doctor Pasavento (2005) de Enrique Vila-Matas, una inspirada invitación a pensar en la feliz identidad de paseante anónimo Walser, el loco aparente a quien homenajea hasta la obsesión fetichista en esa narración en la que el protagonista acude al escenario en el que murió el escritor. En la cuarta y última parte, «Escribir para ausentarse», Pasavento rumia algo que decir y surge el nombre de Kafka, en aquel paisaje de nieve, y me ha recordado el libro de poemas Nevada (2000), de Julián Rodríguez, y en una probable presencia de Walser, más por simpatía genérica por las estampas que por alusión anecdótica a las circunstancias de la vida retirada —y de la muerte— del suizo, más por cualquier otra relación formal que por asociación con su poema «Nieve», que Vila-Matas transcribe en su novela. Doctor Pasavento es una gran exaltación de quien atrajo a ese personaje por «su ironía secreta y su prematura intuición de que la estupidez iba a ir avanzando ya imparable en el mundo occidental» (pág. 248).
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, diciembre 25, 2025 0 comentarios
martes, diciembre 23, 2025
Cuento de Navidad
He terminado de leer Zadig-Micromegas (Barcelona, Editorial Fontamara, 1974), un pequeño volumen de unas cuantas novelitas de Voltaire, traducidas por el mal llamado abate Marchena, que compré este verano en Santander por cuatro perras. El penúltimo relato es la «historia filosófica» Micromegas, que Voltaire publicó en Londres en 1752, y que iba entre las Novelas traducidas por Marchena en 1819. En él, Micromegas, habitante del planeta Sirio, viaja por el espacio con otro de Saturno —como tal, Saturnino— y ambos —que son dos gigantes, de ocho leguas de alto el primero, y de dos mil varas el segundo, o sea, «enano»— avistan en el planeta Tierra a unos pequeñísimos hombres en un navío, por quienes se interesan sobre su naturaleza y, una vez comprobado que son «átomos inteligentes», sobre sus ideas. Asombrados, creen que estos deben de gozar de la verdadera felicidad, y uno de los hombres les replica: «¿Sabéis por ejemplo que a la hora ésta cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombreros, están matando a otros cien mil animales cubiertos de un turbante, o muriendo a sus manos, y que así es estilo en toda la tierra, de tiempo inmemorial acá?» ¿Y por qué?, preguntó el viajero más pequeño; a lo que uno de los que llamaban filósofo respondió: «Trátase […] de unos pedacitos de tierra tamaños como vuestro pie, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden la vida solicite un terrón siquiera de dicho pedazo; que se trata de saber si ha de pertenecer a cierto hombre que llaman Sultán, o a otro que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni menos casi ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto tampoco al animal por quien asesina.» ¿Pero cómo es posible un despropósito así?, dijo el pequeño de los extraterrestres, que no se calló sus ganas de estrujar de tres patadas a esos asesinos ridículos. «No os toméis ese trabajo, le respondieron, que sobrado se afanan ellos en labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos se los lleva la hambre, la fatiga o la destemplanza, aparte de que no son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados que, metidos en su gabinete, mandan, mientras digieren la comida, degollar un millón de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias a Dios» (págs. 198-199). Me ha recordado aquello de Las galas del difunto de Valle-Inclán, cuando el sorche repatriado se queja de la cochina vergüenza de la guerra y dice a la daifa: «El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes.». Las historias del librito son críticas, instructivas y entretenidas, y, en su mordacidad, una buena muestra de los más característicos «engendros volterianos», como dijo don Marcelino Menéndez Pelayo cuando en su Historia de los heterodoxos españoles se ocupó largamente del ateo y revolucionario José Marchena (1768-1821), que fue quien colaboró en traer aquellas nuevas ideas en tiempos poco propicios. Feliz Navidad.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, diciembre 23, 2025 0 comentarios
martes, diciembre 16, 2025
Literatura y responsabilidad
Si evito el más manido título de «Literatura y compromiso» es para compartir la solidez del modo de abordar los conceptos que giran en torno a las relaciones entre política y estética que se tratan en los trabajos reunidos en este volumen coordinado por Bénédicte Vauthier, Adriana Abalo Gómez y Raquel Fernández Cobo: Modernidades político-estéticas hispanas e historia de los conceptos. Autonomía, engagement, responsabilidad (Madrid-Frankfut am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2024). Las dos primeras, junto a Rebeca Rodríguez Hoz, firman la introducción que deja claro desde su título cuáles son los fundamentos metodológicos desde los que se afronta la «literatura problemática», en ese texto preliminar programático: «Arte problemático. Modernidades político-estéticas hispanas a la luz de la historia de los conceptos de Reinhart Koselleck». La importancia como referente epistemológico del teórico alemán (1923-2006) se ha querido patentizar con la fotografía de mayor tamaño de todas las que componen el mosaico de la cubierta, de arriba abajo, bordeando la de Koselleck: Josefina Ludmer, Benjamín Jarnés, Isaac Rosa, Max Aub, Carmen Martín Gaite, Jean-Paul Sartre, Guillermo de Torre, Ricardo Piglia, Francisco Ayala, Manuel Vázquez Montalbán y Julio Cortázar. El libro es el más reciente foro sobre la cuestión del compromiso en la literatura, partiendo de una propuesta de superación del término en favor de otros como autonomía o responsabilidad de la obra literaria. O engagement, del que se parte en las primeras páginas de la mencionada introducción para defender su comprensión teniendo en cuenta toda su red de conceptos (págs. 9-69). Este es el hilo que une la docena de trabajos que conforman esta obra en la que las diferentes perspectivas de las contribuciones sobre la problemática relación entre política y estética y la galería de autorxs estudiadxs —en consonancia con una idea de la expresión política o ideológica, las coordinadoras del volumen reiteran el uso de la «x»,«pero no de forma mecánica», como marca de lenguaje inclusivo— engrandecen el interés del conjunto y sus aportaciones. Cabría repartir las zonas de interés del libro entre España y América, en dos secciones no equilibradas, y significativamente relacionadas por la circunstancia del exilio republicano. El ensayo de Geneviève Champeau indaga en formas de inserción de la literatura en problemas ideológicos desde la narrativa realista y social de Arconada o López Salinas o los casos de Sender y de Francisco Ayala, hasta llegar a la literatura del siglo XXI con un autor como Isaac Rosa, y abre, con un planteamiento más conceptual, diferentes miradas hacia revistas y autores en los de Juan Herrero-Senés («Cuestionamiento del espacio del compromiso: una mirada a la España de los años treinta»), Sofía González Gómez («La revista Nueva España en 1930 y la configuración de un modelo de escritor comprometido»), Fernando Larraz («Crisis autorial y exilio. Max Aub, Francisco Ayala y la responsabilidad del escritor en los años cuarenta»), Domingo Ródenas de Moya («El compromiso de la responsabilidad en Guillermo de Torre») y Adriana Abalo Gómez («Cuando el compromiso venció a la responsabilidad. Un vis à vis entre Jean-Paul Sartre y Guillermo de Torre»). A partir de aquí, y salvo el caso del trabajo de Luca Scialò sobre la memoria como clave del compromiso literario en Vázquez Montalbán, las aportaciones se dirigen hacia autoras y autores iberoamericanxs: Óscar Collazos, colombiano, Mario Vargas Llosa, peruano, y Julio Cortázar, argentino, en el trabajo de Gustavo Guerrero sobre compromiso y autonomía literaria en la polémica entre esos tres autores entre 1969 y 1970, como una antesala del caso Padilla (pág. 198); los representantes del ensayo hispanoamericano del siglo XXI, un salvadoreño como Horacio Castellanos, un ecuatoriano como Leonardo Valencia, y un autor de México, Jorge Volpi, en las páginas de Félix Terreros; o algunos ejemplso de la literatura de Argentina que son tratados en los capítulos redactados por Annick Louis («El compromiso del objeto. Transformar la institución desde las prácticas en la posdictadura argentina (1984-1986)», Luciana Pérez («Historia de una sutil polémica: Juan José Saer, David Viñas y el escritor comprometido») y Raquel Fernández Cobo («Ricardo Piglia y su ejército invisible: tres maniobras para construir una literatura argentina revolucionaria»). Muy bien concebido y muy abarcador, creo que este libro clarifica los interrogantes que se plantean sus coordinadoras en torno a una problemática —responsabilidad frente a gratuidad—que afecta a gran parte de la literatura de los siglos XX y XXI.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, diciembre 16, 2025 0 comentarios
domingo, diciembre 07, 2025
La otra orilla
El pasado viernes 28 de noviembre acompañé a Beatriz Pulido Flores en la presentación de su libro La otra orilla (Badajoz, Fundación CB, 2025), una colección de textos en prosa sobre ruinas localizadas en Extremadura. No hubo mucha gente en el salón de actos de la Biblioteca Pública de Cáceres, que nuevamente acogía un acto literario de esta índole, en este caso, con poca asistencia, reducida a la familia y a algunos amigos. Una asistencia no sé si previsible para una persona nacida en Madrid, pero con una notable vinculación con Cáceres por ser nieta de Tomás Pulido y Pulido (1896-1978), a quien editó en 2022 en la colección Rescate de la Editora Regional de Extremadura: Beethoven (Sugestiones) Ensayo íntimo. Su amor por Extremadura y su historia es incuestionable, y La otra orilla es otra demostración de la vivencia de esta tierra por alguien que no vive en ella pero que tiene hondas raíces aquí. A todos los asistentes al acto del viernes se les entregó un ejemplar del libro presentado; y el gesto de generosidad implica un hecho que no es tan conveniente, pues ahí puede decirse que termina la distribución de un título editado sin ánimo de lucro y sin ni siquiera precio de venta al público. Confío en que pronto se agoten los ejemplares impresos y que se pueda hacer una segunda edición —por la Fundación Caja Badajoz o por otra entidad— con otras miras, pues merece la pena el texto y la idea —con muchas posibilidades para ser difundida como acompañamiento a un reportaje fotográfico de los lugares del libro a la manera de las revistas de gran difusión o con perfiles de divulgación turística. No es la intención de la escritura de La otra orilla, pero valdría. Porque la obra de Beatriz Pulido es algo más que un cuaderno de notas de viajera fascinada ante la contemplación de lugares históricos desamparados por el paso del tiempo y la mano del hombre. Es el testimonio de una experiencia casi de cronista. Desde el principio —desde el primer texto sin título que sirve de prólogo justificativo (págs. 9-12)— se aprecia la dimensión de periodista de Beatriz Pulido que entrevista a un ser vivo. Si no, cómo explicar que nos diga que hace diez años «viajaba por una vieja carretera que conduce de Olivenza a Elvas. […] En mitad de aquella angosta carretera, coronada por cigüeñales que reposaban en cada farola, a la derecha del camino (lo recuerdo como si fuera hoy) asomó como una aparición un puente rutilante y algo quejumbroso. Desde la calzada, juraría que escuché su lamento y su llamada. […] Jamás antes había escuchado el gimoteo de una piedra. Parecía como si le hubieran dado un bocado en mitad de su esqueleto y asomaba repleto de malas pintadas en sus costados. […] Me senté a su vera y dejé que fuera adquiriendo confianza. Poco a poco se abrió y me contó su historia. Lo único que hice fue dejar que se posara en mí.» (págs. 9-10). Estamos ante alguien que habla con las piedras, que incluso, al final, en un escenario como los Barruecos, en el momento del cierre de este libro conmovedor, nos dice: «Me vuelvo piedra y sangre y circulo bajo este suelo extremeño uniendo todos los mundos posibles, todos los tiempos, todas las ruinas.» (pág. 70). El mapa que dibujan los lugares visitados en el libro recorre toda la geografía extremeña, de norte (Hervás) a sur (Alconchel), de este (Puebla de Alcocer) a oeste (Ajuda o Zarza la Mayor). Invita el libro a recorrerlos, a tomar La otra orilla como una guía que nos lleve a esos parajes llenos de mágica desolación, que son: la Ermita de la Magdalena de Puebla de Alcocer (Badajoz), el Castillo de Portezuelo en Cáceres, el ya mencionado Puente Ajuda junto a Olivenza (Badajoz), el Jardín del Palacio Sotofermoso en Hervás (Cáceres), el Castillo de Peñafiel en Zarza la Mayor (Cáceres), el Pozo de la Iglesia de Santa Cruz de la Sierra (Cáceres), la Torre de Rocafrida o Floripes en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), Zamarrillas (Cáceres), el Castillo de Hornachos (Badajoz), el Convento de la Luz en Alconchel (Badajoz), Talavera la Vieja (Cáceres), la Ermita de la Encarnación en Arroyo de San Serván (Badajoz) y el yacimiento del Turuñuelo en Guareña (Badajoz). Sin duda, son puntos de interés, pero el principal del libro es su intención literaria, visible en los muchos ecos que se explicitan en los epígrafes que encabezan algunos de los textos (Bécquer —el Bécquer de las estampas sobre lugares, claro—, Bashô, los Salmos, Paul Elouard, y el Génesis), en otras menciones y citas como las de Luis Cernuda, Rainer Maria Rilke, José Ángel Buesa, Pablo Neruda, Vizma Belševika, Fernando Pessoa o Juan Ramón Jiménez, y también en la rica tradición de literatura sobre ruinas que resuena en estas páginas, con nombres como Garcilaso, Rodrigo Caro, Quevedo, Lope..., algunos de los cuales están, por ejemplo, en el trozo sobre el jardín renacentista —lo que fue Sotofermoso— titulado «Naturaleza contenida» (págs. 27-30). La otra orilla es un libro poético y reflexivo —«Toda ruina habla más del observador que de cualquier otra cosa» (pág. 54)— que trasmite una serenidad pareja a la que acompaña a su autora en unos enclaves que el lector querrá revisitar animado por la escritura de Beatriz Pulido.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, diciembre 07, 2025 0 comentarios
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