Via Sant’Ercolano, 42. Perugia. Desde que estoy aquí he visto en el Palazzo Lippi Alessandri una curiosa exposición de documentos manuscritos restaurados (Pergamene che parlano. Governo e potere a Perugia nei secoli XIII-XV) que la Fondazione Perugia ha tenido a bien prorrogar hasta finales de noviembre, un magnífico concierto de la 4ª Sinfonía de Mahler en la imponente nave central de la basílica de San Pedro llena de pinturas impresionantes de los siglos XV y XVI, y el pregón de la Feria Internacional Ganadera de Zafra que pronunció mi sobrina, la periodista María José Lama Rastrollo. Quede dicho así por la importancia que tiene haber visto, por encima de la culta novedad y exquisitez cosmopolitas, aquel acto en diferido y en la pantalla de este ordenador en el que escribo. Por el orgullo y alegría de ver a mi primera y única sobrina —me hizo tío a mis ocho años— pregonando las virtudes de Zafra y su feria a partir de un hilo narrativo que partió de los ojos de una niña pequeña que se asomaba a la terraza de la casa familiar y contemplaba desde aquella altura los terrenos de un ferial que conectaba la avenida y el solar donde se instalaban tómbolas, puestos de turrones, de pollos asados y de churros, y las concurridas atracciones, con el espacio verdaderamente singular que da sentido a todo aquello como un mercado y subasta de ganados, una Feria Internacional Ganadera y 573.ª Tradicional de San Miguel, que es su denominación oficial, cuya jefa de prensa es desde hace treinta años, como responsable de comunicación institucional del Ayuntamiento de Zafra, una periodista vocacional como María José. Estuvo brillante, y demostró la serenidad que le han dado sus años de experiencia como presentadora de todo tipo de actos públicos. Provocó la emoción en los suyos que asistieron, no menor de la de quien siguió su precioso pregón en la distancia y solo: «De niña miraba la feria desde una terraza, la veía crecer poco a poco, como si Zafra se vistiese de fiesta ante mis ojos […] Con los años, bajé y pude conocer la feria que tanto había admirado desde lo alto; pero quizás lo más hermoso es que después de tanto tiempo, sigo mirando con los mismos ojos de aquella pequeña de la terraza del Edificio Alcázar, porque algunas cosas cambian con el tiempo, pero las emociones permanecen intactas, y la Feria de Zafra es una de ellas. Hoy ya no la miro desde un cuarto piso; hoy la vivo, la cuento, la siento y, por eso, desde lo más profundo de mi corazón, solo puedo deciros una cosa: que esta feria nos recuerde que cuando caminamos juntos, cuando compartimos y cuando nadie queda atrás, somos capaces de hacer grande lo que amamos». Espero haber sabido reproducir la literalidad de sus palabras en la parte final de su intervención, tan bien medida, tan bien dicha, tan rememorativa con los que ya no están, sus padres, Mari y Luis —mi hermano—, y tan justa con los que están y son el fundamento de su vida: su marido Félix, y sus hijos Mario y Lucía. Quizá por haber vivido ese acontecimiento desde lejos me ha parecido aún más relevante, y la añoranza se ha llenado del creciente orgullo que uno siempre ha sentido cada vez que la mujer que fue una niña fascinada con una feria ha demostrado cómo hay que afrontar la vida. Como el otro día en Zafra.
sábado, octubre 03, 2026
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