viernes, noviembre 18, 2016

Contra la democracia


Está claro que no sirvo para la crítica de urgencia. A veces sí, a veces no. El pasado sábado 5 de este mes de noviembre —media entrada en el Gran Teatro de Cáceres— fuimos a ver Contra la democracia, el más reciente montaje de Teatro del Noctámbulo. La obra de Esteve Soler fue Premio Serra D'Or al mejor texto teatral de la temporada 2012 y es la pieza central de la trilogía que compone con Contra el progreso y Contra el amor y que expresa un modo de indignación ante la deturpación de conceptos tan indispensables. Solo tengo noción muy superficial de los numerosos montajes del texto en varios países de Europa; pero intuyo que el de la compañía extremeña —quizá por la perspectiva que le ha dado el tiempo trascurrido— es uno de los más sólidos y más destilados. Esto de la destilación del texto es importante. Porque Contra la democracia, que parece nacido de las brasas del movimiento del 11-M de 2011, y reivindica derechos o valores que, desdichadamente, siguen sin consumarse, es, en lo que a esa reivindicación se refiere, demasiado previsible, elemental y sinóptico. Más eficaz ante un público joven al que hay que mostrar el atropello; y no tanto ante el ya indignado por el abuso. (Poco público joven había en el Gran Teatro esa noche). Y claro que es insostenible la acumulación sin término de riquezas de unos países en un mundo con los recursos naturales limitados, claro que es verdad lo que se dice; pero hay formas no tan básicas de decirlo. Incluso con la lectura —como se hace— de frases que van pautando un texto sugerente y variado, distribuido en siete cuadros, y que es pretexto para lo que fuimos a ver y felizmente vimos. Un excelente montaje teatral sostenido con la garantía de una cabeza de cartel en la que están José Vicente Moirón y Memé Tabares —que interpreta su papel con una férula en su brazo izquierdo. Acompañados en escena por un experimentado y solvente Gabriel Moreno y una joven Marina Recio ávida de rodaje. Saben muy bien representar unos cuadros escénicos que parecen remitir a la tradición teatral parisina del Grand Guignol con contenidos terroríficos —gore—, absurdos o de impacto social. El motivo escenográfico de la telaraña, que ambienta el primer cuadro en el que una mujer da a luz a un artrópodo que todo lo devora, se mantiene simbólicamente a lo largo del resto de secuencias, en las que, entre otras, salen políticos corruptos —qué novedad—, la exmujer de un político corrupto —qué novedad—, un amigo que derriba a otro de una pedrada y se sube a su despojo, unos vecinos incapaces de saber qué hay después del número 6, ni del piso sexto, una mujer afgana que nos increpa sobre su libertad y su presidio o dos sátrapas, dos villanos, dos genocidas que someten a una camarera representados en Leopoldo II de Bélgica y  Dick Cheney, vicepresidente de los EEUU entre 2008 y 2011. Todo se nos muestra como el resultado inapelable de lo que hemos construido y estamos construyendo. Aunque yo me apeo; pues quiero contribuir con todos los instrumentos a mi alcance —el otro sábado, con una entrada de teatro— para que nada de lo representado siga siendo irremediablemente real. Hay que felicitar a Teatro del Noctámbulo por este trabajo y recomendarlo para que se conozca esta manera tan profesional de levantar en escena un texto para que sea premiado. Y porque, en una democracia tan precaria como la que tenemos, relatos así siguen siendo necesarios. Lo dicho: Contra la democracia, de Esteve Soler. Por Teatro del Noctámbulo. Intérpretes: José Vicente Moirón. Memé Tabares. Gabriel Moreno. Marina Recio. Dirección: Antonio C. Guijosa. Escenografía: Mónica Teijeiro. Vestuario: Rafael Garrigós. Iluminación: Daniel Checa. Caracterización y maquillaje: Pepa Casado.

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