miércoles, julio 01, 2009

El soplo interior de Antonio Moreno

El lunes, en un examen, terminé de leer El laberinto y el sueño (Sevilla, Renacimiento, 2009), de Antonio Moreno (Alicante, 1964). La primera vez que alguien me habló de Antonio Moreno fue el 6 de noviembre de 1997. Lo preciso porque fue la noche de la trágica riada de Badajoz. Horas antes, en la mañana del día 5, María José Flores defendía su tesis doctoral sobre variantes textuales en la poesía de José Manuel Caballero Bonald —que estuvo presente. Por la noche llovió a mares. El cielo descargó tanto que en Badajoz una riada provocó 21 muertos mientras nosotros no podíamos salir de un bar de la calle Sergio Sánchez de Cáceres. Allí, Ángel L. Prieto de Paula, pasada la medianoche, me hablaba de un poeta excelente: Antonio Moreno.
Tardó poco Ángel L. en ponernos en contacto, pues en diciembre ya tenía en casa un libro de Antonio, Solar antiguo, galardonado con el Premio “Villa de Cox” de 1996. Luego fui recibiendo otros con el correr de los años —Visión del humo, Alrededores…—, hasta que hace un mes y pico me llegó El laberinto y el sueño. No es un libro de poemas, no; se trata de un nuevo y brillante ejemplo de obra que sortea la adscripción genérica de manual. Dietario —con sus fechas, septiembre de 2004-primavera de 2006—, o a modo de diario, como dijo Álvaro Valverde, narración breve, libro de estampas, de viaje —corto—, de prosas poéticas que sueltan las amarras de los imperativos categóricos del espacio y del tiempo —como “Ventana”; ay, los pájaros—… Y si el género es esquivo y escondido, también la localización de la escritura; pues el libro está escrito en un pueblecito de la sierra norte de Alicante. Y la causa por la que el hombre recaló en ese lugar fue igualmente esquinada, fue absurda. A partir de la explicación de esto, que se da en el primero de los textos, del mismo título que el libro, “El laberinto y el sueño” —que debía haber ocupado cinco páginas, y no cuatro—, todo cobra sentido y vida, se llena de nombres y experiencias, los números dicen, todo lugar es asumible y las fechas nombran.
Ha sido una lectura muy placentera la de esta especie de público ajuste de cuentas con algo de azar o sino personal e íntimo. El laberinto queda como experiencia de ese hombre, queda atrás; y el sueño, también suyo, como su pie descalzo o el último viernes del año 2005, pasa al territorio del lector, que lo asume.

1 comentario:

jj cortes dijo...

Llovía a mares,
era otro tiempo.
Llovían miedos,
cercenaban los silencios,
pero el silencio
del todos los silencios
era amable; era un gigante
de brazos interminables
que acurrucaba a los temerosos.
Y en el mudo eco de las noches
bebíamos más lentamente
las palabras y
entre lenguas
nos rendíamos de noche
a la bohemia,
la pupila a la cerveza,
rumiábamos la altura
de los sueños y el tuétano
de los deseos.
Llovía a mares el miedo,
diluviaban las ansias
de alcanzar otro tiempo.