domingo, enero 18, 2026

El buen lugar

La unanimidad que suele darse entre los lectores de Basilio Sánchez con casi todos sus libros poéticos ha sido más rotunda y entusiasta con este último, un libro poético en prosa de ensayo diarístico (sic) como El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). El escritor Fernando Aramburu escribió en ABC Cultural: «No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno». La poeta y artista plástica Julia Otxoa puso en el muro de Facebook de Jordi Doce: «Es el mejor libro de pensamientos poéticos que he leído nunca»; y el mismo Jordi Doce, en su reseña de El Cultural de junio del año pasado, calificó esta obra de Basilio como una «propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción —tan certero como luminoso— que el lector no tarda en sentir como propio.». «Una guía espiritual fascinante» es para el poeta José Luis Puerto. Para el placentino Juan Ramón Santos, El buen lugar es «una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo», y un vergel en el que los lectores querrán habitar bastante tiempo. «Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo», escribió Pedro Bosquet en el Heraldo de Aragón el pasado septiembre. Enrique García Fuentes, en las páginas del diario Hoy, calificó en octubre El buen lugar como «un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura». Finalmente, podría sumar a estas opiniones las numerosas, y todas en la misma dirección encomiástica, de las lectoras y lectores con quienes he comentado la experiencia de haber leído o estar leyendo El buen lugar desde que comenzó a difundirse en mayo de 2025. Yo puedo añadir que es un libro de una claridad y de una profundidad deslumbrantes, que personalmente me sirve para comprender mejor toda la escritura de Basilio y también a la persona que es Basilio Sánchez, que me favorece con su amistad. Así que El buen lugar también tiene esa función benéfica para quienes lo leemos: es una ayuda para cuando nos faltan palabras, es amparo frente a la desolación, protección en la intemperie y cobijo en el desvalimiento. Es un ejemplo muy válido para responder a aquellos que nos preguntan para qué sirve la literatura. El carácter aparentemente misceláneo de El buen lugar como «ensayo en fragmentos, rosario de citas y reflexiones literarias» —dice un texto promocional de la editorial que se ha llevado a la cartulina marcapáginas— puede estimular una lectura que suele hacerse en este tipo de obras: una lectura no lineal, discontinua, sincopada y a saltos, persuadida de que encontrará en cada fragmento un hallazgo feliz, un motivo para el goce estético y la reflexión. Es verdad, aunque no estamos ante un libro de aforismos cuya ordenación suele desviarse de una lógica, y habrá lectores que abran el volumen por sitios distantes porque entienden que la propia naturaleza de un ensayo en fragmentos les invita a hacerlo. Yo no lo veo así en El buen lugar, que me parece que tiene una estructura no visible, una disposición sin marcas mayores, y, por supuesto, un principio, un desarrollo y un final con sentido. De este modo, debe ser leído sin saltos ni interrupciones, de principio a fin. En consonancia con una idea que Basilio Sánchez aplica a la poesía cuando dice —en la página 24 de El buen lugar— que su unidad de medida en poesía no es el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Estamos ante una sucesión de textos de muy variada extensión, pero mayoritariamente breves, sin más división que la que separa cada uno de los fragmentos o trozos, y que se indica por el espacio en blanco y una discreta y elegante estrellita como marca. La variedad formal está en la extraordinaria heterogeneidad de la extensión de sus fragmentos, que van desde una única línea —creo que «La poesía, la masa madre del corazón» (pág. 69), de siete palabras, es la unidad más pequeña de todo el conjunto— o dos líneas, pues hay varios textos de nueve, diez, trece palabras o poco más, hasta aquellos trozos que ocupan las dos páginas, que son pocos, y que superan las mil trescientas palabras —y están ubicados en el tramo final del libro (págs. 169-173 y 221-223). El reparto y cierto equilibrio de los textos según su extensión es uno de los criterios que organizan el contenido de la obra; de tal manera que los pecios más breves puntean la sucesión de segmentos de mayor extensión y operan como islotes o descansos en la lectura, que se detiene en ellos como en un foco que llama su atención: «La palabra que busco es un pez rojo que se esconde en el coral de una gruta» (pág. 31); «La última palabra del poema traza un puente en el aire» (pág. 35); «La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros» (pág. 41); «Un poema es un árbol cargado de limones cuya luz en la noche nadie ve» (pág. 66)... Son ejemplos que valdrían para sugerir esto que, por otro lado, es un rasgo que se ve en su poesía, y que fue reiterativo en El baile de los pájaros. Pero la lógica de El buen lugar va más allá, y cose la estructura de tal modo que las reflexiones exentas sobre la escritura se combinan con otros fragmentos que son lecturas de otros, hasta que surge un trozo en el que irrumpe en el discurso el yo del escritor, que recorre su obra poética, y del hombre, del médico que ejerció o del ciudadano que vive en Cáceres. Esto es así a lo largo de todo el libro, sin que se aprecie de una manera evidente, pero está. Es decir, hay un principio, un desarrollo y un final. Y esta conciencia del final, por ejemplo, se ve muy bien en un fragmento que ocupa las últimas páginas, a sabiendas de que estamos próximos a terminar: «Intento escribir un libro...», que es una cita de Pascal Quignard, pero luego añade «Intuyo que la mayoría de estos apuntes o notas han ido surgiendo poco a poco para hacerme pensar» (pág. 208). Es un trayecto que ha recorrido el escritor y que, una vez concluido, ahora, por ventura, nos brinda para disfrutar de una lectura encantada y provechosa.

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