Sabía que el «Maestro Ordóñez» llevaba un tiempo retirado obligadamente de su actividad como escritor y crítico teatral —creo que desde finales de 2021 dejó de escribir en El País— y ahora que ha muerto y se han publicado algunas necrologías en diferentes medios, he sabido que el motivo de su retiro era que padecía una enfermedad neurodegenerativa. Lo lamento mucho. He recordado bastantes de sus escritos desde el lunes, cuando leí la fatal noticia. Comencé por una novela que me recomendó Javier Rodríguez Marcos, Tarzán en Acapulco (Destino, 2001), y me gustaría en este momento buscar una suerte de culminación con la lectura de su dietario Una cierta edad (Anagrama, 2019), que tengo pendiente. Fue en sus escritos sobre teatro y en su columna de chestertoniano título «El hombre que fue jueves» donde creo que mejor se revelaba esa forma plural y multigenérica de su actitud ante el arte literario. Me lo imagino sentado en una sala viendo un montaje en la misma postura y con idéntica disposición que en un sillón de su casa disfrutando de la lectura de un libro. «El teatro es algo que le pasa a alguien que está ahí», escribió en su columna en 2015. En junio de 2009 estuvo en Cáceres, acompañado de Pepita Galbany, y participó en la segunda edición del curso de verano Lecciones de teatro clásico que ese año dedicamos a «Escenarios y lecturas del teatro europeo de los siglos XVII y XVIII». Habló de «La recepción de los clásicos europeos en la actualidad» y también participó en una mesa redonda que llamamos «Clásicos sin fronteras» junto a Eduardo Vasco, Helena Pimenta y Germán Vega García-Luengos. Le venía bien esa condición antepuesta de maestro, como si fuese el torero de Ronda, y ahora veo que Ágreda en Tribuna de Valladolid lo llama así en su tributo al escritor desaparecido. Toda la aparente ferocidad de su corpachón y su voz poderosa no eran más que la presencia primera de un sabio amable y sensible, con una vasta cultura que se mostraba naturalmente en sus textos de crítica. Tremenda pérdida y triste final, por lo que podemos leer en aquellos que lo trataron y apreciaron.
miércoles, septiembre 23, 2026
domingo, septiembre 20, 2026
Glorias de Zafra (XXIX)
Una de las satisfacciones más grandes que da la escritura diaria —que no tiene por qué tener pretensiones de diario— es que, pasado el tiempo, puede llegar a propiciar el llenado de los espacios que la memoria ha dejado sin cubrir, y a los que resulta muy difícil volver porque se han diluido los detalles y solo nos ha quedado lo que Luis Landero (El balcón en invierno) llamó «la banda sonora de la memoria», porque del pasado a veces «no nos llegan tanto las palabras y las cosas como las voces, los ruidos —el golpe de una garrota en la percha—, las risas, los murmullos, la honda significación del silencio en ciertos momentos definidos precisamente por las pausas, como ocurre, a menudo en la música, en el teatro o en el cine» (pág. 116). Para rellenar —que es un término impropio, ya que nunca será colmadamente— esos huecos con la masilla de lo vivido están las notas y apuntes que uno puede tomar sin pensar en nada más; y menos en la posteridad, o solo en la posteridad de ese día en el que se tenga que recurrir a ellos, como me ha pasado hace poco. Habíamos quedado en Zafra con María José y Gianluca, que pasan siempre los meses de verano en Burguillos del Cerro —qué alegría da ver en la salida 675 de la A-66 un indicativo de núcleo de interés turístico que anuncia que está a 28 km. de allí—, y se me olvidó anotar algo de lo que escribí en mi cuaderno la última vez que nos vimos, hace ahora tres años, sobre un rasgo de la cultura de G., con quien da gusto conversar. Conté aquí aquel detalle de lo que me dijo, al pasar por el Alcázar de los Duques de Feria, actual Parador de Turismo, sobre la pieza para guitarra titulada «Zafra» que compuso Federico Moreno Torroba para su suite de Castillos de España. Comimos en Acebuche, de Carmen Peláez y Javier, y nos preguntamos por qué en aquella ocasión de 2023, a la que se sumaron Isabel Collado y José Antonio Zambrano, faltó mi hermano Josemari. La respuesta también quedó escrita: se contagió de covid. Esa escritura inane subraya la importancia de los placeres pequeños y recompone los pedacitos de una experiencia que, de no ser por eso, podría propiciar la memoria incierta, que creo que es como llamó Ricardo Piglia en su novela de Ida a los recuerdos inventados. Las imágenes contribuyen de otra manera a recomponer los trozos de la historia, y me vienen muchas cuando estoy en Zafra. Una de las recurrentes es la del suelo fregado que mi madre llenaba de hojas de periódico, como si marcase el camino debido. Por eso me gustó tanto saber de la madre del narrador de Mirafiori (Alfaguara, 2023), de Manuel Jabois, que ponía sus hojas sobre el suelo fregado mientras decía que en el futuro estaban todas las respuestas: «Todas, todas. No va a quedar nada sin saber». Y el hijo se preguntaba si lo hacía «porque lo necesitaba el suelo o porque tenía ganas de hablar de la trascendencia» (pág. 31). Yo me traje de Zafra el otro día, sin embargo, una imagen tan ordinaria y agrimensora como la de las obras de la variante de la N-432 que va a evitar el núcleo urbano. Quizá porque dentro de poco será una realidad tan distinta e irreproducible como lo pasado vivido casi perdido.
miércoles, septiembre 02, 2026
Trilogía de los asedios
En la cada vez más pujante y asentada historia de Ediciones del Bufón, los nuevos nombres y el teatro independiente y menos conocido han formado parte de sus fines principales; pero también la editorial moronense ha hecho un hueco en su catálogo a autores de consolidada trayectoria, como fue el caso de Mauricio Kartun. Aquí es donde cabe inscribir el gesto de reeditar a uno de los grandes del teatro español más combativo de la segunda mitad del siglo XX: José Martín Recuerda (1922-2007). Si atendiésemos a algunos lugares —Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música, Wikipedia, Universidad de Granada...—, podríamos justificar esta llamada de atención sobre la obra de Martín Recuerda como un gesto motivado por el centenario de su nacimiento; pero Martín Recuerda no nació en Granada en julio de 1926, como se lee en esos sitios, sino en 1922, que es como figura en la solapa de esta edición de tres de sus piezas más significativas. Bajo el bien hallado título de Trilogía de los asedios, han reunido La llanura (1954), Las salvajes en Puente San Gil (1963) y Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca (1977). Doy entre paréntesis las fechas de sus estrenos, aunque la historia textual de todas estas piezas es algo más compleja, dados los problemas de censura que sufrieron. Bastaría con enumerar algunos hechos para explicarse el afán de Ediciones del Bufón por redifundir la obra de José Martín Recuerda. En 1954, al Teatro Universitario de Granada —que dirigía el dramaturgo— se le autorizó representar una sola función de un texto censurado de La llanura, de 1947, del que se eliminaron todas las referencias a la Guerra Civil y al fusilamiento del marido de La Madre. Hasta la restauración democrática no se publicará la versión original del drama, que, bajo la dirección de Helena Pimenta, sería representado en 1999 en el Teatro Central de Sevilla. Las salvajes de Puente San Gil fue estrenada en Madrid en el Teatro Eslava en 1963 por Luis Escobar y se convirtió en 1966 en celebrada película del (casi) tardofranquismo bajo la dirección de Antoni Ribas y con un cartel en el que estaban María Silva, Charo Soriano, Vicky Lagos, Nuria Torray, Rosanna Yanni, Elena María Tejeiro, Trini Alonso, Carmen de Lirio, Marisa Paredes, Adolfo Marsillach, José Carabias y Valentín Tornos, entre otros. Buen elenco de mujeres contra la represión sexual y la hipocresía social que denuncia la obra. Por último, Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca fue otro caso de texto anterior, de 1970, que no pudo llevarse a las tablas hasta siete años después, ya en 1977. Se había publicado en la revista Primer Acto en 1974, y la dirigió en el Teatro de la Comedia de Madrid Adolfo Marsillach, con la interpretación de Concha Velasco como Mariana Pineda, emblema femenino de la lucha por la libertad. El director y actor catalán no dudó en buscar la relación entre la pieza de Martín Recuerda y la situación política del momento con el contexto de la petición de amnistía de los presos políticos, y llenó el patio de butacas con textos alusivos a las reivindicaciones que se leían en las calles de Madrid, tal y como él contó en sus memorias (Tan lejos, tan cerca. Mi vida, Tusquets, 1998). Creo que, del conjunto de la amplia producción del granadino Martín Recuerda, la elección de estos tres títulos es un acierto, un modo inmejorable de adentrarse en las claves de su dramaturgia a través de piezas muy representativas de su teatro crítico y del tratamiento del personaje femenino y su empeño de rebeldía en un entorno social opresor. No estamos hablando solo de un autor dramático, sino de un profesor y un dinamizador y divulgador del teatro. Antonio Sánchez Trigueros lo califica de «insobornable, batallador incombustible» (pág. 13) en la presentación de este volumen («José Martín Recuerda: mujeres contra el silencio»), cuyo motivo de cubierta, que se extiende al interior de esta, incluyendo las solapas, es otro destacable atractivo, y procede del cartel del montaje de Las arrecogías... en la Universidad de Penn State (EE. UU.) en 1980. Esta entrega de Ediciones del Bufón llega acompañada de una tarjeta regalo para adquirir con descuento aceite de oliva de la cooperativa de Marinaleda 12COOP y así apoyar un proyecto de economía social transformadora de Andalucía, basado en una comercialización justa y solidaria de la que el proyecto editorial del Bufón no es nada ajeno. Ahí es nada en estos tiempos.


