viernes, mayo 07, 2021

Papeles

Cuando veo los montones de recortes y fotocopias que se acumulan en algún lugar de esta casa pienso en que necesitaría otra vida para ordenarlos; pero a veces unos pocos, que llevan por ahí sueltos un tiempo, una tarde parecen decirme que quieren recogerse. Entonces me detengo en ellos, los releo y los pongo en su lugar. Me sienta bien esta terapia. No sé por qué tengo la fotocopia de una página del Diario de Cádiz del 5 de septiembre de 2012 con la reseña del libro de Charles Rosen Música y sentimiento (Alianza Editorial, 2012) escrita por Pablo J. Vayón con el título «Para qué sirve la música». Supongo que me acordé de mi padre que decía a su modo lo que el reseñador recuerda que dijo Sancho a la Duquesa en la segunda parte del Quijote: «Señora, donde hay música no puede haber cosa mala». (Esta cita está anotada también en un cuaderno mío de 2006 que acabo de encontrar). Mucho más antigua es la reproducción que tengo de dos páginas de El País con un artículo de Félix Grande («Un recuerdo para José María Arguedas») que se me ha cruzado cuando aún tengo pendiente escribir sobre una curiosidad de una edición moderna de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la novela póstuma de la que habla el poeta español —el extremeño, el manchego, el andaluz, el de Santiago de Chuco— desde las primeras líneas de su texto. Cuenta Grande —sábado, 28 de noviembre de 1987— cómo conoció a Arguedas en el aeropuerto de La Habana, a principios de 1968, en un vuelo hasta Madrid, y se pregunta por las razones de su suicidio, sobre la muerte, sobre la palpitación de dos culturas, la indígena y la otra, sobre que la rabia no. De 2006 es la página de El País que recuerda el centenario del nacimiento de Dino Buzzati con un artículo de José María Guelbenzu y otro texto más breve pero no menor de su editor en España, Javier Santillán (Gadir Editorial), con el título incitativo de «¿Cómo no leerlo?». Por aquellos años creo que fue cuando empezaron a difundirse traducciones en español de Buzzati, también en Acantilado, y desde entonces tengo esa página con el propósito no cumplido de leer —salvo algún texto suelto— al autor de El desierto de los tártaros. Asuntos pendientes, como escribir algo largo sobre la cantidad de veces que he decidido no volver a narrar una historia ya contada por otro, a transcribir un pensamiento repetido por escrito por alguien con más luces. Quizá eso explique que tenga esa página de la foto de arriba, que nos regala un recuerdo de la muerte de Charles Aznavour, y del homenaje nacional que se le tributó en octubre de 2018, cuando Manuel Vilas se adelantó a mi idea y me robó la frase «Mi momento de oro es recorrer Madrid con mi coche los domingos a las nueve de la mañana». Me la robó porque yo ya la había escrito algunos años antes, una mañana de domingo con la Castellana vacía de coches, de camino a la casa de unos amigos antes de volver a Cáceres y escuchando en el coche «Madrid amanece», de Hilario Camacho, que se fue el día de mi cumpleaños de aquel 2006 de lo de Dino Buzzati. Quizá por todo esto tenía estas páginas encima de un montón de papeles aguardando el momento de ser recogidas en un lugar donde guardar un orden perdurable no sé hasta cuándo. 

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