miércoles, febrero 22, 2017

Abraham Gragera en el Aula literaria José Mª Valverde

Cuando una alumna te presta para que leas un libro de poemas de un poeta actual como Abraham Gragera la cosa funciona. Me imagino que uno ha podido contribuir de algún modo a que una joven filóloga consuma no solo la bibliografía obligada de sus estudios de máster, en cuyas clases gasta su tiempo, sino que también se dé a la lectura de la poesía y se deje caer con ganas en la presentación y recital de un libro de poemas. La cosa funciona si le doy a leer un libro que hace años recomendé aquí (Adiós a la época de los grandes caracteres, Pre-Textos, 2005), y ella me lo devuelve con otro que yo no había leído (El tiempo menos solo, Pre-Textos, 2012), del mismo autor. Igual de estupendo es que Abraham Gragera sea el próximo invitado del Aula literaria «José María Valverde». Intervendrá mañana jueves 23 de febrero, a las 19:15 horas, en el salón de actos del Palacio de la Isla, y el viernes a mediodía visitará el IES «Javier García Téllez» de Cáceres. Qué bueno si mañana Abraham Gragera leyese de El tiempo menos solo esos poemas que vuelven a preguntarse por (o imaginar) «La poesía», que vuelven a indagar sobre cómo expresar poéticamente algo (en «La oveja»), o que vuelven a recordarnos que la palabra se escribe (se inscribe) en el exuberante árbol de la tradición o en su diálogo con una contemporaneidad literaria que no es de lengua española. No en vano este hombre lee y traduce a autores que uno aún no ha leído. Abraham Gragera, mañana jueves 23 de febrero, a las 19:15 horas, en el salón de actos del Palacio de la Isla, y el viernes a mediodía en el Instituto de Educación Secundaria «Javier García Téllez» de Cáceres. 

martes, febrero 21, 2017

Bicentenario de Zorrilla

Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de José Zorrilla. He hablado de ello en clase. En sus impagables Recuerdos del tiempo viejo (1880), iniciados como una correspondencia con el «egregio poeta» José Velarde, como artículos-cartas publicados en El Imparcial, cuenta de esta manera aquel episodio del entierro de Larra en el que se dio a conocer: «El silencio era absoluto: el público, el más a propósito y el mejor preparado; la escena solemne y la ocasión sin par. Tenía yo entonces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oída de recitar, y rompí a leer…, pero según iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparición y mi voz les causaba. Imaginéme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasión tan propicia y excepcional, para que antes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veía yo levantarse desde aquel cementerio, y vi el porvenir luminoso y el cielo abierto… y se me embargó la voz y se arrasaron mi ojos en lágrimas… y Roca de Togores, junto a quien me hallaba, concluyó de leer mis versos; y mientras él leía… ¡ay de mí!, perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veía; mientras mi pañuelo cubría mis ojos, mi espíritu había ido a llamar a las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban mis perseguidos padres, y a los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la que ya me había vendido». Conozco a gente que sabe de memoria muchos versos del Tenorio —hace años Francisco Rico evocó sus juegos a este propósito con su amigo Juan Benet— y todavía queda quien recita completo el poema que comenzaba:
«Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana»
Aquel poema leído aquella tarde del 15 de febrero de 1837, en el entierro de Larra, cuando José Zorrilla no había cumplido aún los veinte años. 

lunes, febrero 20, 2017

Libros

En nada tendré estantes nuevos para mis libros. Viene el carpintero a casa. Dicen algunos que pronto me obligarán a mudarme, que me empujan, que ya no caben. Cierto. Por eso voy invadiendo otras habitaciones con estos dispares compañeros. Me he acordado de lo que leí que decía Richard Heber sobre que ningún caballero puede vivir cómodamente sin tres copias de un mismo libro. Una debe poseerla para enseñarla, y tiene que conservarla en la biblioteca de su casa de campo. Otra deberá tenerla para su lectura y consulta en su biblioteca habitual. Y como prestar un libro es algo sin duda inconveniente, deberá poseer una tercera copia al servicio de sus amigos. Tampoco hay que llegar a eso; digo yo. Mientras tanto, los libros se acumulan. Uno de los últimos que ha llegado es Estar no estando (Un viaje extremeño), de Antonio Moreno (Fundación Ortega Muñoz y Pre-Textos, 2016), que merece una lectura coterránea.

jueves, febrero 16, 2017

Acariciar el tiempo

Nada importa que hoy no sea 21 de septiembre, Día Mundial del Alzheimer, para escribir esto. Ayer encontré en una de mis carpetas de este ordenador un texto titulado «Acariciar el tiempo» que yo había enviado como contribución al libro Escritos sobre el olvido, publicado en septiembre de 2008 por «Alzhei-Cáceres», la Asociación Cacereña de Familiares de Enfermos de Alzheimer y otras Demencias Neurodegenerativas.  En ese libro, ilustrado con imágenes de Andrés Talavero, hay textos de Luigi Giuliani, Juan Ramón Santos, Rafael Rodríguez Niño, Alfonso Callejo Carbajo, Victoria Pineda (por sus traducciones de Eugenio Montale, D. H. Lawrence, Giuseppe Ungaretti, Billy Collins y Jeffrey Skinner), Francisco Rodríguez Criado, Sergio Lorenzo, Ana Baliñas, Rogelio Pérez Mariño, José Rincón, Laura Guerra Rey, Juan Castell Quiles, Jesús González Javier, Piti Corella, José Ramón Alonso de la Torre, María Granado Belvís, Pilar Galán, Teresa Aragón Sánchez, Pilar Bacas Leal, Victoria Caro Bravo, Diego Doncel y Fernando Pérez Escanilla. Antes de acostarme, tarde ya, anoté para este apunte de hoy el título de aquel texto, y escribí «Acariciar el sueño». La errata es significativa. Aquel texto, el siguiente:
«No recuerdo bien si aquel libro de poemas lo leí en el hospital en donde la conocí. Ella no hablaba, no se quejaba. Alguna vez, sí, pronunciaba un nombre... Su mirada perdida llenaba la habitación de una incerteza permanente, y nos sumía a los que allí estábamos en un tono gris y espeso de cielo encapotado. Tenía varios hijos, no recuerdo cuántos, numerosos, más de cuatro, que la visitaban; aunque sólo uno era el que permanecía más tiempo con ella. No recuerdo si se llamaba Ángel. Él fue, cómo no, quien me mostró el gesto que me ocupa y que ahora intento reconstruir. Era una manera sutil de acariciar el tiempo. Se acercaba al lecho en el que su madre yacía con su silencio insondable y su mirada extraña y tomaba su mano con delicadeza extrema, y permanecía así, así, acariciándola, durante varios minutos. No recuerdo cuántos. Se marcharon un día, y quedamos nosotros. Varios días después estuve imitando aquel gesto sin llegar a tan amorosa perfección; probablemente porque no estaba ella, y quien estaba, mi madre, no necesitaba la emulación de una caricia aprendida de aquel trato de días; no necesitaba, siquiera, la atención tan profunda y sentida que se presta por tan oscuro silencio. Mi madre hablaba, recordaba...; recordaba a la madre de Ángel. Creo que sí, que se llamaba Ángel, no recuerdo bien. El hospital tiene ese argumento seriado. Su historia es diaria, con su planteamiento, su nudo y su desenlace. A veces, éste es, simplemente, una despedida. Ahí te quedas tú, a la espera de un nuevo inquilino en esta historia diaria. Recuerdas quién fue, cómo se llamaba, y te quedas con ese sabor espeso de la mirada, de ella, de alguien que sabes que no recuerda que fue la protagonista de un poema de amor. Un poema como el de aquel libro que leí en el hospital. No recuerdo bien.» 

martes, febrero 14, 2017

Como una magnolia

Un profesor de Badajoz, con pruebas concluyentes, ha deducido que la vida es efímera como una magnolia; por eso, ha escrito una carta a su mujer recordándole las veces que se han querido. Pero no así, las veces que se han querido; sino los lugares y las horas, y todas las circunstancias de las veces que se han querido. La noticia es reciente, por eso es probable que haya movilizaciones y gestos para estos amantes. Un ruido incomprensible y hueco parece que ahora se escucha.

lunes, febrero 13, 2017

Mora por Moga

Feliz coincidencia. El anuncio de la visita —mañana— de Vicente Luis Mora y la reseña que Eduardo Moga ha escrito sobre el ensayo El sujeto boscoso. Tipologías subjetivas de la poesía española contemporánea entre el espejo y la notredad (1978-2015) (Iberoamericana-Vervuert, 2016), Premio Internacional de Investigación «Ángel González» de la Universidad de Oviedo.

Vicente Luis Mora en Letras


El ensayista, poeta y crítico literario Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) hablará mañana martes en la Facultad de Letras de Cáceres sobre «Formas de desdoblamiento subjetivo en los poetas del grupo del 27: de la máscara a la cáscara». Será en el aula 31 de la Facultad, a las 12:00 horas, y la entrada libre, hasta completar el aforo.

jueves, febrero 09, 2017

Julia en Agitación y Cultura


El pasado domingo me pidió Julia que no la llamase el lunes al mediodía porque iban a hacerle una entrevista para la radio con motivo de la publicación de su libro. Inmediatamente pensé en Olga Ayuso, en Agitación y Cultura, su programa, en Canal Extremadura. ¿Quién, si no [es] Olga, puede estar al tanto de lo que pasa en el mundo de la cultura de aquí y de allá? ¿Qué periodista sabe que en cultura no vale todo? ¿Quién, si no [es] ella, puede tener los reflejos de dedicar unos minutos a la muerte de Tzvetan Todorov y de José Luis Pérez de Arteaga, y también atender a la cultura local? Por eso es tan de agradecer que haya buscado un hueco para hablar de Cáceres Express. Aquí puede escucharse. Estupendo.

miércoles, febrero 08, 2017

La poesía de Ada Salas en el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear de Cáceres


Este viernes, 10 de febrero, a las 18:30 horas, en el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear de Cáceres (C/ Pizarro, 8) se presentarán dos publicaciones de Ada Salas (Cáceres, 1965): su libro de poemas Diez mandamientos (Madrid, La Oficina Ediciones, 2016), escrito en colaboración con el arquitecto y artista plástico Jesús Placencia (Melilla, 1964) y la antología Escribir y borrar. Antología esencial (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2016). Poesía e imagen dialogan en este proyecto de Ada Salas con Jesús Placencia, que ya colaboraron en Ashes to ashes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010), catorce poemas a partir de catorce dibujos a partir de T. S. Eliot, entre los que nace un repetitivo «escribir / y borrar», «escribir / y borrar borrar borrar» y «después // difuminar / se», que da título a esa preciosa antología de la poesía y la prosa sobre poesía de Ada Salas desde 1994 a 2016, y que lleva un prólogo de José Luis Rozas («El rastro fulgurante de lo que fuera asombro») y un epílogo («Sin sentido») de la autora. La entrada será libre, hasta completar —ojalá— aforo, a las seis y media de la tarde —manda horario de museo—, habrá libros para llevar, dibujos para ver y amigos con gusto que saludar.

lunes, febrero 06, 2017

Humanidades digitales

Dirigido por los profesores de la UEX Jesús Ureña Bracero y Antonio Polo Márquez, este martes por la tarde comienza un seminario científico con el título de Filologías digitales hoy. Teoría y práctica para la docencia y la investigación. Tendrá lugar en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres y durará hasta la mañana del próximo viernes 10 de febrero. Intervendrán Elena González-Blanco («Humanidades Digitales y filologías hoy»); Bénédicte  Vauthier («Edición digital de textos modernos, edición académica genética»); Guadalupe  Nieto  Caballero («El corpus digital en el análisis de textos literarios»); el miércoles, Manuel Alvar  Ezquerra («La Biblioteca Virtual de la Filología Española (BVFE), una herramienta tecnológica al servicio de la investigación filológica»); Elena   Álvarez  Mellado («La lematización de textos»); Marta Negro  Romero («Recursos digitales para la lexicografía gallega contemporánea»); el jueves, Carlos Cabanillas Núñez («La red que vivimos peligrosamente»); Cristóbal Lozano («Humanidades digitales: etiquetado y análisis de los corpus de aprendices de segundas lenguas»); y el viernes por la mañana, Adolfo Lozano Tello («Fundamentos y tecnologías de portales Open Linked Data»); Manuel López Muñoz («El aprendizaje del filólogo digital»); y Antonio Polo Márquez («Enseñanza de fundamentos TIC para Humanidades Digitales»). Ilustra esta entrada el montaje utilizado para el programa y el cartel de este seminario, con el soneto de Quevedo «Retirado en la paz de estos desiertos», uno de los pocos poemas del autor de los que se conserva un autógrafo con múltiples enmiendas, y su transcripción y marcado TEI, a partir de una idea del profesor Jesús Ureña, primer impulsor de este encuentro.

domingo, febrero 05, 2017

Acostadero

Es posible que dijese «agostadero»; pero yo escuché «acostadero», porque a lo que el campesino se refería era al lugar al que van a dormir las ovejas. En el contexto, verdad es, cabría también la significación del lugar al que va el ganado a pastar en tiempo de sequía, en rastrojeras o en dehesas, que es lo que trae el Diccionario de la Real Academia Española; que, sin embargo, no incluye «acostadero». Pero me gustó mucho la palabra como sinónimo de dormitorio, de habitación destinada para dormir, o de alcoba, mismamente. «Estoy cansado y es tarde. Me voy al acostadero». Y aquí no se cumple del todo lo que dijo Pedro Álvarez de Miranda de que a falta de textos, «buenos, muy buenos, son los diccionarios». Porque, en este caso, hay textos; pero su mención la debemos, nuevamente, a los «buenos, muy buenos» diccionarios como el Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, que me lleva a pensar en que pudiese ser posible que no escuchase mal, y que aquel hombre dijo «acostadero». Una palabra definida en Seco como «Lugar en que acostarse», y marcada como un vocablo raro. Y para la que se citan dos ejemplos: uno de Ágata ojo de gato, de Caballero Bonald («Fue asomándose a la verja hasta que la visual coincidió con el sofá […] Ya estaba encendida la luz pero no los vio ni allí ni en ningún otro posible acostadero»), y un momento de Francisco García Pavón, en el relato «Los nacionales», de 1977, en los que es evidente ese significado («La ola de beatería […] acorraló de miedo la casa de la Carmen, la del Ciego, la de las Pichelas y otros acostaderos y cuartillejos de menor entidad»). El que yo ahora le doy al decir que ya está bien de escribir que «Estoy cansado y es tarde. Me voy al acostadero».

jueves, febrero 02, 2017

Primera clase


Primera clase o última, quién sabe. Primera clase de un cuatrimestre o diezmilésima, quién sabe, después de tantos años viviendo esta sensación del primer día del actor —no finge— en una nueva función. Esta experiencia que vengo repitiendo desde hace ya treinta y un años me ayuda a comprender la paradoja de tocar el cielo y tener los pies en el suelo. Que es como yo me explico esta manera de dar las gracias a la literatura. Que lo que me ha dado tantas horas de gusto desde que comencé a disfrutar con la lectura hoy me permita tener un puesto de trabajo y ganarme la vida —como se suele decir— es un regalo, tal y como están las cosas. O, si me lo he ganado, como supongo que alguno me animará a reconocer, es una dicha, una circunstancia más que venturosa. Sea lo que sea, hoy he vuelto a clase a hablar de literatura y he vuelto a sentir cierto brillo en los ojos de quienes me escuchaban decir que estábamos en esa aula para disfrutar. Y yo les insistía en que era verdad, que iban a disfrutar; pero no conmigo, mero vicario de unos textos que realmente serán los que les darán el placer que nos ha traído aquí. Por eso no puedo comprender que un profesor advierta a sus alumnos de las dificultades que van a tener al cursar su asignatura o que les escarnezca su ignorancia, sus faltas de ortografía, sus lagunas. Es como si un médico espetase a su enfermo con una riña por no haber prevenido su mal. O, directamente, como si le dijese el primer día de clase, que no le va a curar. Por tonto. Hay que ser mala persona para no dejar pasar a tu consulta a una chavala de segundo que ha llegado tarde al examen. Para cerrar el aula y decretar que después del médico ya no pasa nadie. Creo que estoy mezclando las cosas. Lo que quería decir es que hoy ha sido otra vez mi primera clase —o última, quién sabe— y que sigo prendado de la materia que ocupa mis horas con mis alumnos.